Publicado en cencos.org el 7 de septiembre de 2018

“Yo, Araceli, madre de Fernanda Rubí, a seis años de que no está con nosotros: en estos años he buscado en vida, muerte y fosas clandestinas, es un dolor que lacera mi corazón de madre por no encontrarla; me mataron en vida porque no vivo, sobrevivo a la ausencia de ella y tengo que seguir adelante porque sigue esperando que la encuentre”.

Éste es el mensaje que publica en redes Araceli Salcedo, coordinadora del Colectivo de familias de desaparecidos Córdoba-Orizaba, a seis años de que su hija, de entonces 21 años, fuera extraída de un bar en Orizaba, Veracruz, y posteriormente desaparecida la noche del 7 de septiembre de 2012.

A lo largo de estos años Araceli se ha enfrentado a la falta de respuesta por parte de las autoridades ante la desaparición no sólo de su hija, sino de cientos de personas que hasta el día de hoy permanecen en calidad de desaparecidas.

Hace algunas semanas, Araceli recordó cómo empezó este viacrucis para ella y su familia, en el que autoridades estatales y federales han propiciado un peregrinar de institución en institución, sin que hasta el día de hoy arroje respuestas sobre el paradero de Rubí.

La última vez que Araceli habló con su hija fue por teléfono, aquel 7 de septiembre de 2012,  exactamente a las 22:30; la joven había llegado al lugar donde se reuniría con sus amigas y llamaba a Araceli para avisarle. “No tardo, mami”, le dijo en ese momento.

Araceli recuerda que cuando su hija quería colgarle pero no de forma grosera, le decía: “¿Qué crees, mami? ¿Sabes que te amo? Te amo, te amo, te amo”. Eso mismo le dijo esa noche; le mandó besos y colgó. 15 minutos después Rubí fue extraída del bar por un grupo de hombres y cerca de las 11:30, sin saber lo que estaba pasando, Araceli recibió llamadads en las que sólo se escuchaba bullicio, las risas y los murmullos de hombres.

“En un principio lo único que yo hacía era contestar ‘¿bueno, bueno?’, y colgaba. Pero al ser recurrentes las llamadas empecé a marcarle a mi hija. Del teléfono de mi hija ya no, me mandaba directamente a buzón”, recuerda Araceli.

“En un principio lo único que yo hacía era contestar ‘¿bueno, bueno?’, y colgaba. Pero al ser recurrentes las llamadas empecé a marcarle a mi hija. Del teléfono de mi hija ya no, me mandaba directamente a buzón”, recuerda Araceli.

Araceli continuó llamando, y en la madrugada del día siguiente le respondieron por primera vez. “Fue la voz de un hombre, entre drogado, borracho, como yo lo escuchaba”. Hubo un par de llamadas más: “me contesta él nuevamente; su nombre me lo dice altanero, grosero… yo decía ‘negrita, ¿estás ahí?’”.

Fue en ese momento que Araceli supo que algo había pasado. Lo confirmó cuando su hijo encontró en el cuarto de su hermana su segundo teléfono, en el que había mensajes de una de sus amigas, preguntándole qué había pasado, pues a ella le dijeron que sacaron a Rubí del lugar.

“Mi hijo bajó con su carita desencajada, con el teléfono en la mano. Lo único que hizo fue verme a los ojos y decirme: ‘mami, algo le pasó a la huerca’”.

Araceli fue al bar y lo que escuchó del dueño fue “ah, sí, era una chica muy bonita; venía toda de rosa y estaba sentada en ese lugar, pero no pudimos ayudarla”.

Araceli denuncia que las investigaciones posteriormente arrojaron quién era el hombre al teléfono, y que las autoridades nunca hicieron nada contra él, no sólo en el caso de su hija, sino en otros, ya que él ha estado en seguimiento por varios delitos, en instancias federales. También acusa que el teléfono de Rubí nunca fue rastreado, y que desde el primer momento en que acudió a las autoridades éstas fueron omisas al ayudarle en la búsqueda.

“En ese momento no sabía qué se tenía que hacer. Llego a la comandancia de policía, está muy cerquita de donde se llevaron a mi hija, y lo primero que me dijeron fue ‘ay, señora, de seguro anda de fiesta o se fue con un novio, al rato ha de llegar’”, esto a pesar de que Araceli explicó lo que sucedió con las múltiples llamadas.

“Nunca se hizo una búsqueda real de mi hija, nunca se hicieron las diligencias correspondientes, me fueron negadas las sábanas de llamadas, los videos de la C4, los videos del lugar donde se llevaron a mi hija”, asegura.

Recuerda que ella siguió insistiendo con las llamadas al teléfono de Rubí y que cerca del mediodía del sábado, volvieron a contestarle. “No voy a olvidar su voz, porque era una voz gruesa, que me dio miedo; me desesperé y le dije: ‘¿por qué tienes el teléfono de mi hija?’, me decía con muchas groserías ‘aquí no está ninguna Rubí’, me empezó a insultar y colgó. Jamás me volvieron a contestar ese teléfono”.

Araceli acudió a la procuraduría estatal, a la PGR, a la Unidad Especializada en Combate al Secuestro (UECS), a la Agencia Veracruzana de Investigaciones (AVI); habló con diferentes funcionarios de todas esas instancias. “¿Qué hicieron? Nada, nada”. Asegura que para ella es claro que lo que menos les interesa a las autoridades son los hijos que están buscando.

No sólo eso, las mismas autoridades llegaron a obstaculizar la búsqueda de Rubí desde el primer momento. “Yo repartía flyers y andaba pegando fotos de mi hija, y la policía iba literal detrás de mí y quitándomelos; ellos me los arrancaban, eran indolentes conmigo… me los rompían”.

En otro momento, cuando Araceli empezó a recibir amenazas por teléfono y lo contó a autoridades, éstas le dijeron “pues es que ya los hizo enojar, yo le dije que no hiciera eso”.

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A raíz de la desaparición de Rubí, en Orizaba, otras familias comenzaron a unirse con Araceli en su exigencia de justicia. Buscan en muerte y en vida, exigen, se apoyan, y luchan contra la indiferencia de las autoridades, pero cientos de familias –incluida la de Araceli– continúan sin saber dónde están sus seres queridos.

En estos seis años Araceli no sólo ha acompañado a otras familias, sino que ha sido una parte importante para la localización de personas desaparecidas.

“Tuvimos que aprender a buscar… yo me negaba; en 2014, cuando se empezó a hablar de búsqueda en fosas yo decía ‘no, yo no quiero hacer eso, no quiero encontrar a Rubí ahí, es lo que menos quiero’, porque te la imaginas saliendo de tu casa, te la imaginas entera caminando, con esa sonrisa, con ese andar, con esa esencia, y lo que tú quieres es volver a verla así. Yo quiero volver a ver a mi hija, volver a abrazarla, escucharla, olerla”, dice.

Araceli también habla de las veces que han encontrado a personas con vida: “en ese momento se te llena el corazón de una esperanza enorme, cuando ves que se abrazan madre e hija o madre e hijo; tú quisieras estar en ese momento así, quisieras que fuera tu hija, tu hijo el que buscas”.

A pesar del desánimo que a veces pueda sentir, Araceli cuenta que sus días están dedicados a buscar a Rubí. “Me lo he puesto con mi hija, le digo: este es un día más por ti, Rubí, y lo empiezo con la esperanza, con la fe de que algo voy a avanzar, de que algo voy a saber; y si termino mi día mal, lo único que hago es: me persigno (y le digo) “buenas noches y mañana será un día más por ti’”.

También piensa que de haber recibido el apoyo adecuado de las autoridades, y que si en ese momento en que Rubí fue desaparecida, alguien hubiese estado empoderada o hubiese sabido de la situación por la que pasaba, quizá su historia y la de Rubí sería diferente.

“A lo mejor si alguien nos hubiese ayudado en ese momento, pues, tuviéramos a nuestros hijos, a nuestras hijas con nosotros, pero desafortunadamente no fue así. Hemos vivido un camino muy largo, un camino de dolor, de impotencia, de soledad”.

“Me he enfrentado a muchas cosas, me he enfrentado a un hostigamiento, a una amenaza, a una persecución, y no sólo por parte de la autoridad, sino también por parte de la delincuencia. Creo que lo único que hacemos es buscar, buscar a nuestros hijos, querer coadyuvar con una autoridad para encontrar verdad… no soy criminal como muchas autoridades me han llamado… lo hago por amor y por el recuerdo, y porque Rubí me puso en este lugar y yo sé que en el ayudar alguien también me va a ayudar a mí a recuperarla a ella”.

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Este año, el recuerdo de la última vez que Araceli vio a su hija se enmarca en el anuncio que la tarde de ayer hizo la Fiscalía General del Estado de Veracruz: a principios de agosto fue localizada, por medio de un testimonio, una fosa clandestina con 32 puntos de búsqueda, en los que han sido hallados los restos de al menos 166 personas, más de 200 prendas, 114 identificaciones y objetos personales. De acuerdo con la misma fiscalía, estas inhumaciones clandestinas tienen por lo menos dos años de antigüedad.

Antes de el anuncio en medios, los colectivos de familiares de desaparecidos en ese estado no tenían información sobre el hallazgo y avance en los procesos de recuperación de los cuerpos. La fiscalía estatal argumentó que por seguridad no se informó a los colectivos, pero que a las 17:00 de este viernes pondrá a disposición de las familias un catálogo fotográfico con los hallazgos.

Sin embargo, el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México aseguró que no haber notificado a los familiares de personas desaparecidas viola el derecho a la participación conjunta que establece la Ley General en Materia de Desaparición, y exigió al gobierno de Veracruz garantizar la participación de los familiares y una amplia comunicación en las acciones de búsqueda, investigación e identificación.

La reacción de Araceli –que recoge El Heraldo de Martínez– enseña lo que seguramente cientos de familiares sintieron al conocer la noticia: “no nos imaginamos que puedan estar nuestras hijas, nuestros hijos… quisiera salir corriendo y ver las ropas y lo que han encontrado… tengo el estómago apretujado de dolor”. También dijo que madres y padres están en espera de los catálogos, y que han hecho la petición de acceder al lugar.

En su publicación en redes, Araceli también escribió a propósito de la misa que organiza cada año para mantener vivo el recuerdo de Rubí y para pedir que vuelva:

“Acompáñame y juntos pidamos por su pronto regreso a casa, y al lado de su familia, de donde nunca la debieron separar”.

Y termina: “porque la lucha por un hijo no termina y una madre nunca olvida”.